viernes, 17 de agosto de 2012

LABERINTO DE ESPEJOS

Este relato fue escrito para el Hospital de la Princesa, dentro del tema hábitos saludables.
Hace referencia a la anorexia y aprovecho para homenajear a Lewis Carrol y su maravillosa Alicia que me motivó a buscar dentro de mi imaginación.

Autorretrato de Lewis Carroll


LABERINTO DE ESPEJOS


¿Era pronto para todo y tarde para cambiar? He vuelto a escucharla, era una canción de amor, también yo tenía dieciocho años entonces, pero no estaba enamorada, pensaba que me gustaría estarlo, pero no de un chico, al menos no entonces, si duraba poco, luego vendrían las añoranzas, recuerdos como en la balada o quizá reproches y malos rollos. De quién quería estar enamorada era de la vida ¿Pero eso cómo se hacía? Permanecía horas en mi cuarto escuchando música. Cerca, estaba la bandeja de la comida rechazada por enésima vez. Lo intentaba, de veras que lo intentaba, pero  cuando abría el armario con la esperanza de ver algo distinto, en el espejo aparecían las dos inmensas cartucheras  y mi cara  redonda como una luna llena ¿Dónde iba a ir con esa pinta y quién me iba  a querer? Ese pensamiento era recurrente, casi el único. La imagen que yo veía de mi cuerpo y mis pensamientos eran  una cárcel, pero una jaula no cerrada del todo, tenía un sumidero por donde desparecían mis kilos y mi autoestima.
Un día que sonaba esta canción, entró la abuela en mi cuarto, hacía tiempo que no la veía y me fastidió, seguro que venía a contarme una película por orden de mis padres.
Imaginé el título: “come, come, come, que te vas a quedar como un hilo”.
Me saludó y se sentó en la silla de mimbre después de tirar hacia un lado la montaña de ropa que había, sin hacer el menor comentario. Suspiré de alivio, no me hizo ningún reproche respecto al orden. En silencio escuchó la canción y cuando terminó, me miró con sus ojos pequeñitos y me dijo: para tí todavía es pronto, muy pronto y con mucho tiempo para cambiar. Incluso yo, que tengo más setenta años, sigo pensando que nunca es tarde para modificar hábitos no muy saludables. Hasta el último instante de nuestra vida tenemos tiempo para decidir que va a ser de nosotros. Y no tienes que estar sola para hacerlo. Crees que no te entendemos, y es cierto, no te entiendo, pero hay profesionales que sí, ellos te enseñarán cómo funciona tu cuerpo para que lo valores como merece, cómo perdonarte a ti misma cuando cometas lo que a ti te parecen fallos imperdonables, te enseñaran a pensar en positivo y muchas cosas más. Para todo esto tendrás que dejar de fiarte de los espejos en los que crees ver tu único yo, no será fácil, el cristal te engañará una y otra vez, pero tu debes tener fe en tu interior no en tu exterior.
 Dicho esto, se levantó, dejó sobre mi mesilla un paquete envuelto en papel rojo, me dio un beso y allí me dejó.
 ¡Bah! Una retahíla de consejos, puede que no estuvieran mal pero ¿Creía que a mi edad la iba a escuchar?  ¡Tenía dieciocho años no diez! Pero para eso la abuela tenía muchos más, y podía imaginar mi reacción.
Ese fue el pistoletazo de salida, hace más de tres años. Una anciana, una canción y un paquete rojo.
Abrí el regalo, era un libro: “Alicia a través del espejo” de Lewis Carroll. Lo miré sorprendida, recordaba haberlo leído en mi infancia. ¿Pero qué tenía que ver conmigo ahora?
Con curiosidad empecé a ojearlo y lo hice poco a poco. Inicié un camino nuevo con él. La abuela para ayudarme me había subrayado algunas frases:

Juguemos a que existe alguna una manera de atravesar el espejo”.

Esto le decía Alicia en el primer capítulo a su gatito; tenía curiosidad de ver la casa del espejo, veía el reflejo de su salón pero incompleto y pensaba que detrás de lo que no se distinguía había cosas bellas.
Bien, esto me pareció fácil de entender. Se trataba de encontrar el camino hacia el espejo correcto. En el principio de mi larga autopista,  los encontré convexos, cóncavos, distorsionados, irreales, feos, recorrí kilómetros  con una visibilidad perfecta y  rectas interminables, que poca ayuda me daban, pero lentamente comenzaron a tener señales con flechas que indicaban curvas y con ello más posibilidades de elegir.

A Alicia no le gustaba confesar, y ni siquiera tener que reconocer ella sola, que no podía encontrarle ni pies ni cabeza al poema”. 

 Alicia acababa de leer un poema, que le pareció bonito, pero difícil de comprender.
 Reflexioné sobre esto y era verdad, pensaba que todo el mundo veía lo mismo que yo en el espejo, y no quería mostrar que podía no tener razón. Sólo cuando pedí consejo descubrí más miradas. En esta segunda parte sentir la compañía me hizo más llevadero el recorrido.

 “¡Que sí soy real! insistió Alicia y empezó a llorar”.

El personaje de Tweedledum, el gordito gemelo, le dice que no es más que un objeto de su propio sueño, que ella no es real.
 Y es que a veces en mi caminar tropezaba y eso creía yo, que era real en todos los espejos.  Esperaba con ansiedad encontrar alguno que fuera especial y ninguno me gustaba. Pero a estas alturas, la maleta de mi viaje no la llevaba sola, mi familia, los doctores y mis amigas venían conmigo y me animaban a seguir buscándome.

"¡Vengan a mi las criaturas del espejo, sean ellas las que fueren"!

Una voz cantaba con estridencia una canción cuando Alicia ya era reina.
Esta parte, casi al final, resultó difícil, pero cuando fui capaz de enfrentarme a los fantasmas que poblaban aquel universo, comenzó una nueva vida para mí, en el que pude reinar en mi propio cuerpo.
El cuento de Alicia termina preguntándose quién habrá soñado todo lo que en él se narraba. Pero yo no había soñado nada. Esta era la vida real y perseveré. En algún lugar tenía que estar mi retrato auténtico. Cuando lo encontré, no hallé a alguien perfecto. La imagen me mostró a mis misma, con defectos y virtudes, pero saludable y sobre todo ese ser era yo, y aprendí a aceptarlo y quererlo.
Eso sí, gracias, abuela y gracias, Alicia.


miércoles, 25 de julio de 2012

Viajes en el tiempo

Para los que les guste la literatura de viajes en el tiempo, como sucede en mi novela, esta semana propongo tres lecturas veraniegas.

La primera gustará a los más jóvenes:
"Un yankee en la corte del Rey Arturo" de Mark Twain. Es una brillante novela satírica, en la que el autor se burla de los tiempos medievales, aunque termina cuestionando la superioridad de nuestro presente. Narra las aventuras de un joven norteamericano del siglo XIX que tras darse un golpe en la cabeza aparece en el siglo VI inglés, en los tiempos del Rey Arturo, allí utilizará su ingenio para librarse de un gran peligro que se cernía sobre él.



La segunda es: 
"La mujer del hombre que viajaba en el tiempo" de Audrey Niffenegger. Cuenta la historia de un bibliotecario que por una rara alteración genética es capaz de viajar en el tiempo de forma impredecible. Su mujer, Clare es testigo de los viajes desde su infancia y ambos mantienen una intensa historia de amor, con sus fustraciones, desencuentros, anhelos, pesadillas y también momentos románticos. La fusión de estos temas desasosiegan y cautivan por igual al lector, al menos a mi.


La tercera es de Michael Crichton:
"Rescate en el tiempo" en ella varios personajes se transportan a la Francia de 1357 donde se ven involucrados en la famosa batalla de la roque. Se trata de una historia amena, sin muchas pretensiones pero bien documentada y con unos personajes bien caracterizados. Al final hay una sorpresa romántica que me gustó mucho.


lunes, 23 de julio de 2012

La Princesa cuenta

Este relato lo escribí para el concurso "La princesa cuenta", organizado por el Hospital Universitario de la Princesa de Madrid para promover hábitos saludables y enmarcado dentro del proyecto de red de hospitales sin humo.  Fue editado en un libro con los relatos finalistas para la lectura de los pacientes de dicho hospital.



 EL HUMO INVERNAL

PARECÍA HUMO Y SIN EMBARGO... no lo era. Cuando el niño gritó: ¡mamá, mamá un señor echa humo! La joven mujer pensó que un hombre estaría fumando y puso mala cara, no le gustaba que lo hicieran cerca de los niños.
            ―¿Dónde está ese señor, Luisito?―preguntó a su hijo de cuatro años.
            ―Allí, mamá―y cogió su mano para llevarla hasta el hombre del humo.
            Al llegar al banco, encontraron sentado a un ser muy anciano que al verles  levantó la vista y a través de unos cansados ojos azules  les miró interrogante.
            ―Hijo, este señor no está fumando―musitó bajito la madre.
            ―¡Pero mamá, echaba humo!
            El señor les miró y sonrió, su rostro quedó convertido en un mapa de arrugas con dos diminutas estrellas chispeantes:
            ―¿Quieren que lo haga otra vez? Y antes de esperar su respuesta, exhaló el aliento varias veces, el frío del invierno hizo que pareciese en efecto humo.
            La madre sonrió aliviada y el niño empezó a aplaudir.
            ―¡Yo también quiero hacerlo! Y así viejo y niño hicieron el mismo gesto fundiéndose el aliento y formando una nube blanca.
            Después el niño tomo asiento junto al anciano y se dijeron sus nombres.
            ―El mío es Samuel.
            ―Y yo soy Luisito― luego se metió las manos en los bolsillos, sacó una bolsa de gominolas y se las ofreció a su nuevo amigo.
            ―No gracias, las chuches no son muy buenas para los pocos dientes que me quedan. Pero yo tomo otras chuches, si vienes mañana, te traeré.
            ―¿ Dónde vives?―preguntó el niño
            ―Muy cerca de aquí, en una casa muy grande con muchos amigos dónde nos cuidan  a todos.
            ―¡ Qué guay! Yo vivo con mis padres, pero también tengo un montón de amigos en el cole.
           ―Claro, es importante tener con quién jugar, hablar, pasear y también hacer lo posible por conservar esos lazos de cariño a través del tiempo.
            Después de observar toda la escena del comienzo de la amistad del niño, la madre le dijo que tenía que despedirse del anciano. Lo hizo a regañadientes, pero le prometió que volverían a verle al día siguiente. Los dos nuevos amigos se despidieron diciéndose adiós con la mano hasta que sus figuras se volvieron diminutas.

Cuando la nueva tarde llegó  al parque, Luisito vio a Samuel y echó a correr. Los dos se saludaron exhalando aire y haciendo una nube aún más grande que la del día anterior.
            ―¿Has traído las chuches?―preguntó ansioso el niño.
           ―Claro―contestó Samuel al tiempo que sacaba una bolsa llena de nueces, almendras y cacahuetes.
            ―Pero eso no son chuches, todas tienen color caca―dijo decepcionado Luisito.
            ―Claro que lo son, no tienen colorines pero son muy saludables y están igual de sabrosas que las otras. Pruébalas.
            Así lo hizo, tenían un sabor muy diferente, saladas, pero le gustaron, no sabía que estuvieran tan ricas.
            ―¿Tu tienes muchos años verdad?―preguntó Luisito.
            ―¿Por qué lo dices?
            ―Porque tu cara está todavía más arrugada que la de mis abuelos.
            La madre que lo había oído todo exclamó:
            ―¡Luisito no seas impertinente! ¡Eso no se dice!
            ―No se preocupe, seguro que es verdad que tengo más años que sus abuelos, ya son más de noventa.
            ―¡Hala! Todavía no he aprendido a contar tanto ¡debe ser muchísimo!
            Samuel rió de buena gana.
            ―¿Por qué te ríes tanto?―preguntó curioso el niño.
            ―¿Sabes qué dijo un señor muy sabio? Que la risa era capaz de curar o al menos atenuar nuestros males y además no hay ningún peligro si se supera la dosis. Así, que es una medicina que procuro tomar todos los días.
            ―¿Y por eso tienes tantos años?
            Samuel soltó otra carcajada.
            ―Reír me ha ayudado, también la vida sana, he leído mucho para aprender y entretenerme, he practicado deporte, ahora doy paseos, he comido siempre de manera equilibrada con muchas verduras y frutas...
            El niño levantó una mano enseñando cinco dedos y exclamó:
            ―¡Eso me lo sé: cinco verduras y frutas al día!
            ―Jovencito, llegarás lejos, efectivamente ese es uno de mis secretos y también naturalmente, que llegar a viejo ha sido el deseo del Creador.
            ―¡Pero tu le has ayudado!―gritó el niño.
            El viejo volvió a reír dando golpecitos de aprobación en la espalda de su amigo.

Los años pasaron, primero lentamente, luego más rápido y finalmente a toda velocidad, alcanzando así el final del siglo XXI.
Una pelota llegó rodando a los pies de un viejo que estaba sentado en un banco, bajo un árbol al abrigo de los rayos de un soleado día de primavera.
            ―Aquí tienes, chaval―dijo el señor devolviendo la pelota a un niño de unos cinco años.
            La memoria le llevó a un lugar muy lejano, a un recuerdo perdido en los comienzos del siglo, cuándo siendo él un niño similar al del balón, había conocido a un amigo anciano, lo mismo en que se había convertido él ahora  mismo. Ahora ya no era Luisito, era Don Luis. Recordó frías tardes de nubes y cálidas charlas y risas. Se dio cuenta de que había seguido los consejos que Samuel le había dado.
El mundo había cambiado mucho, la energía solar hacía tiempo que calentaba las casas y hacía funcionar los coches; en las calles había postes con mandos que al apretarlos aparecían hologramas con las noticias del día en todo el mundo y en diferentes idiomas; los móviles tenían todos video llamada y programadores para los robots que hacían las tareas de la casa. Su propio bastón era inteligente, tenía un GPS incorporado y en caso de que se perdiera por la ciudad, le indicaba por voz el camino a seguir. Los juguetes que veía en el parque eran muy sofisticados, los patines tenían un minúsculo motor que los hacía poder volar a una baja altura; pequeños robots hacían de porteros para jugar al fútbol. Pero todo esto no había impedido que desaparecieran las pelotas como la que se había posado ante él.
Y por supuesto los consejos de su amigo habían sobrevivido al tiempo, porque los referentes a la amistad, al buen humor y a los buenos hábitos son inmortales. Pero también había que propagarlos. Sacó de su bolsillo un silbato, se lo acercó a los labios dio una orden  y ésta se convirtió en el sonido de las notas de la canción de moda infantil. Los niños que estaban jugando, al oírla pararon y dirigieron su mirada al viejo que a lo lejos les gritaba:
            ―¿Queréis chuches?―las miró en la bolsa y sonrió. Por supuesto eran marrones. 

domingo, 15 de julio de 2012

Paseando con un poeta

Este es el sugerente título del libro que recomiendo esta semana.
Su autor es Ignacio Pérez Blanquer (Puerto de Santa María, 1950) Es doctor en Ciencias económicas y empresariales, licenciado en Físicas, ha sido profesor en la Universidad de Cádiz y es Académico de número de la Academia de Bellas Artes Santa Cecilia.
El libro se puede adquirir en:
http://www.lulu.com/shop/ignacio-p%C3%A9rez-blanquer/paseando-con-un-poeta/paperback/product-20213791.html




Portada del libro. Foto del autor




El libro es una recopilación de artículos escritos por el autor en el blog de la Academia de Bellas Artes de Santa Cecilia. http://bellasartessantaceciliablogspot.com

En el nos invita a pasear con una serie de reconocidos poetas. Ignacio nos pide en su prólogo que veamos una intención didáctica, cosa que efectivamente consigue. Todos conocemos a estos poetas, pero  muchos se nos han quedado en nuestros años escolares y recordamos sus poemas como en una lejana bruma. El autor los pone en primera linea, con algunos queda en una cafetería, es el caso de Gloria fuertes, con otros se ha citado en una calle de Cádiz como con Carolina Coronado, que llega en calesa, otros no aparecieron:  José Cadalso le dio plantón. Con Pedro Salinas tuvo un encuentro casual y hay sorpresas, al mismísimo Lópe de Vega se lo pusieron delante. Con Bécquer el encuentro fue en forma de locución.

Esta manera de irnos presentando a los distintos compañeros de paseos es enormemente dinámica. Pérez Blanquer va intercalando sus impresiones sobre ellos, con pinceladas de sus vidas y mostrándonos retazos de sus obras. Todo ello hace que el lector se sienta el tercer caminante que sigiloso va tras ellos intentando escuchar lo que dicen sin poder dejar de sentirse cautivado con cada historia y con ganas de saber más o recordar sobre estos poetas y sus obras.

Al autor como a los poetas les une una pasión: el tiempo. En este soneto de Cadalso, que tiene como tema la eternidad del sentimiento amoroso vemos un bello ejemplo:

Todo lo muda el tiempo, Filis mía,
todo cede al rigor de sus guadañas:
ya transforma los valles en montañas,
ya pone un campo donde un mar había.

El muda en noche opaca el claro día, 
en fábulas pueriles las hazañas,
alcázares soberbios las cabañas,
y el juvenil ardor en vejez fría.

Doma el tiempo al caballo desbocado,
detiene al mar y viento enfurecido,
postra al león y rinde al bravo toro.

Solo una cosa al tiempo denodado
ni cederá, ni cede, ni ha cedido, 
y es el constante amor con que te adoro.







Disfrutando de la lectura en el Retiro

Los beneficios del libro serán dedicados a la restauración y conservación de las obras del patrimonio pictórico portuense que se encuentran en la Iglesia Mayor Prioral

Iglesia Mayor Prioral. Puerto de Santa María.


lunes, 9 de julio de 2012

Escenarios de la novela


La novela "Un mediador inesperado" está ambientada casi en su totalidad en Madrid. Estos son algunos de los escenarios reales por los que pasean los personajes de ficción.


Café "El Príncipe"


Real Jardín Botánico. Estatua de Linneo y estanque


Parque del Retiro. Fuente de las Campanillas


Terraza del hotel Urban



Hotel Urban




















Restaurante Lágrimas Negras. Hotel puerta de América

Las Cortes




sábado, 7 de julio de 2012

El bañador. Relato

Este relato tiene como inspiración las magníficas playas de Benicassim y algunos éxitos musicales de finales de los 70. También está publicado por La Escuela de escritores en su volumen: "El sueño del gato"




Benicassim. Imagen de la web:  http://www.jaimeperezolague.com 



EL BAÑADOR

  
Tumbada en la arena, mi cabeza tarareaba la canción de los Pecos: “ háblame de ti”, cuando noté sobre el cuerpo repentinos picotazos de  partículas de arena.
            —¡Ay!—dije incorporándome. Levanté una mano hacia  la frente a modo de visera para ver quién había sido. Lo primero que vi fue un bañador con fondo rojo y estampado con timones azules. Alcé la vista. Un chico, poco mayor que yo, de piel dorada y con el rostro repleto de pecas, me sonreía.
—¡Perdón!— exclamó. Y se  quedó mirándome unos segundos antes de desaparecer del mismo modo que había llegado, a todo correr y dejando tras de sí una estela de arena.
            Mi madre, que había contemplado la escena sentada en una silla playera cerca de mi toalla, se giró y con mirada pícara  dijo:
            —Le has conquistado.
            No entendí muy bien qué había querido decir, pero supe en ese instante que estaba enamorada. Me sentí como en una montaña rusa y volví a tumbarme; los Pecos continuaron tarareando, “háblame de ti”, ahora con más fuerza.


            Aquella tarde vino a buscarme la vecina del piso de abajo del bloque de apartamentos dónde pasábamos el mes de agosto. Su madre y la mía tenían amistad. Nosotras  habíamos llegado dos días antes, y yo todavía no tenía amigos. Mi progenitora había sugerido que podíamos conocernos.
Abrí la puerta. Susana con cara de fastidio me saludó:
            — ¿Eres Clara?
            —Sí— contesté mirándola. Parecía mucho mayor que yo, aunque sólo tenía catorce años, uno más  que yo. Su desenvoltura me dejó fascinada.
— ¿Qué miras?  Vámonos,  llegamos tarde.
Al llegar al portal se contempló en el espejo que allí había.  Sacó una barra de labios rosa y se pintó.  Me lo ofreció, y yo con mirada tímida negué con la cabeza.
            — ¿ Es que nunca te has pintado?
            —Ehh... una vez, en las fiestas del pueblo... usé un poco de colorete.
Me miró moviendo la cabeza de un lado a otro, después se subió un poco la falda y dijo:
            —Pues entonces ya estamos listas.
Fuimos  a un antro ruidoso, oscuro y con la música demasiado alta. Un grupo de ocho o diez chicos y chicas sentados en una gran mesa redonda la saludaron.
            —Esta es Clara, me la ha endosado mi madre.
Miré para abajo avergonzada  y me senté en el único sitio libre.
Al rato vino un camarero para tomar nota de  las bebidas, yo pedí un trinaranjus.
Uno de los chicos mayores dijo:
—Voy a poner un duro en la mesa y la voy a hacer girar, delante de quién se pare la moneda, ese tendrá que pagar a los demás.
Se oyeron protestas, pero el chico guiñó un ojo y con fuerza hizo rodar la mesa.
Mi corazón latía apresuradamente, en el bolsillo sólo llevaba las quince pesetas que  había pedido a mi madre. Si me tocaba ¿qué diría? No tenía suficiente dinero para invitarles a todos.
Miré como la mesa rodaba y rodaba en lo que me parecieron infinitos minutos aunque sólo fueron unos pocos segundos. Lentamente el redondel iba acabando su recorrido hasta que finalmente señaló un elegido.
Delante de mí tenía un duro brillante. Noté como el calor ascendía por mi cara, mientras todos reían con grandes carcajadas. Levanté la mirada de la moneda y ésta tropezó con la del poseedor del bañador de mis sueños. Sonreía amistosamente  y  con la mano hizo un gesto que indicaba que era todo una broma. Una voz dijo:        
— ¡Tía, no te lo habrás creído!
            Respiré aliviada y me eché a reír.
            —Vámonos al guateque—dijo Susana.
             Nos marchamos todos a los bajos del edificio de apartamentos de uno de ellos. El mobiliario de la improvisada discoteca consistía en un sofá viejo de cuero rojo, una mesa con refrescos y un tocadiscos. La música empezó a sonar, era una canción de Camilo Sesto: “La culpa fue mía”.
            Sentada en una esquina del sofá miré cómo se formaban varias parejas que, entre risas, empezaron a bailar agarrados.
            Al cabo de un rato, el pecoso del bañador de timones se  acercó y sin mediar palabra cogió mi mano,  me levantó del sofá, y fuimos al centro de la sala. Yo puse mis brazos en paralelo tocando con las  manos sus hombros, mientras que él cogió las suyas y las puso sobre mi cintura, aunque casi sin rozarla, provocándome  un respingo tembloroso. Dimos vueltas y vueltas mientras nos mirábamos con sonrisas lánguidas y yo pensaba que era la tarde más gloriosa de mi vida.
            Casi treinta años después, un portazo me devolvió a la realidad. Había pasado el día recordando un verano de golpes de arena, olas espumosas, algodón dulce y besos furtivos.
            Miré a mi marido, que se deshacía el nudo de la corbata y me saludaba con un movimiento de cabeza.
— ¿Qué tenemos de cena?
—Santiago ¿Te acuerdas de tu bañador rojo de timones?
    ¿Qué dices? ¡Nunca me ha gustado ir de marinero!
    Ese es el problema.
    Y te he preguntado por la cena.
—Ya va, ya va.














sábado, 30 de junio de 2012

Vestir con estilo

Mi recomendación para esta semana es un libro fresco y ameno: "Vestir con estilo" de María León.



Fotografía del blog de María León
www.elblogdemarialeon.com

María León (Sevilla, 1980)  licenciada en ciencias del medio ambiente, es actualmente directora de comunicación de Pedro del Hierro, blogger de éxito (ha recibido recientemente el premio a la mejor blogger de España concedido por @acotex). Tiene un blog en Hola! y un álbum de fotos en Yodona . Es embajadora de la Asociación Española de Blogs de Moda. Forma parte de la junta directiva de la Asociación Española de Coolhunting.

Este es su primer libro: un manual en  el que nos asesora sobre como vestir en 50 ocasiones diferentes. Los consejos están llenos de estilo y algo importante: sentido común y no sólo referido al vestuario sino también como "saber estar" en distintos ambientes y situaciones.
Las fotografías son de gran calidad y María interpreta todos los looks con gran acierto. Las ilustraciones  del artista conceptual Juan Garaizabal (Madrid, 1971)  van como anillo al dedo a los textos, además de denotar un fino sentido del humor, en algunas hay divertidos guiños al romanticismo.
Es en resumen, un cuidado trabajo, una excelente edición, un libro lleno de vida, color y ¡muy práctico! 


Con María,  en la pasada feria del libro

martes, 26 de junio de 2012

El Mercado de Abastos

Os presento otro relato, en esta ocasión dedicado a mi madre. Se publicó en el libro "Al encuentro de todo" editado por la Escuela de Escritores".





Está inspirado en el Mercado de Abastos de Almendralejo.

Fotografía perteneciente al blog 
extremaduraymas.blogspot.com



El mercado de abastos
Para Mami


No puedo convencerla. Carmen, la cocinera no me quiere llevar al Mercado de Abastos. Llevo todo el invierno pidiéndoselo  y siempre me da la misma respuesta arisca:
— ¡Qué no, niña! ¡Qué eres muy chica y vas a ser un estorbo!
— ¡Prometo que creceré esta noche y no te molestaré!
Carmen me miraba, se secaba el sudor de la frente con el delantal y murmuraba: ¡Ea, que te he dicho que no!
Deseaba ver el mercado. Cuando Carmen llegaba de la compra sacaba del carro tantos olores y colorido, que  parecía venir de algún lugar de fantasía, era como una Aladina. Iba depositando todo sobre la mesa de la cocina: grandes hojas de lechuga, puerros, coles, acelgas y espinacas, luego le hacían compañía tomates rojos, pepinos, pimientos, toda clase de frutas, más tarde sacaba jugosos trozos de carne y por último pescado. Yo seguía el festival  con la mirada, sentada en una sillita de enea Luego, la cocinera iba colocando todo en su sitio, a la vez que hacía comentarios sobre las compras:
— ¡El Antonio no me engaña otra vez con el pollo! ¡Será malo! Por cierto: hoy han traído pollitos de colores.
— ¿De  colores? Yo sólo los conozco amarillos
—Pues aquí los hay verdes, azules y muchos más
Estaba convencida de que era mentira y que Carmen era mala. Pero por si acaso aventuré:
            —Quiero uno, y que sea azul ─ dije mirándola fijamente para ver que cara ponía.
            — ¡Qué niña esta! Pues dile a tu madre que te lleve.
Decidí intentarlo, pronto sería mi octavo cumpleaños y mamá era la mejor del mundo,  hacía empanadillas a las que decoraba con mi nombre; me daba fiestas de disfraces y ella se vestía de Kiko Ledgard con muchos billetes en la mano y jugábamos al Un, dos, tres. Mamá, además sabe montar en bicicleta y me lleva con ella, patina sin caerse y me canta la canción: “El día que yo me case a de ser a gusto mío, pío papío”, con su guitarra. También ve conmigo las películas de Marisol.
 Si se lo pido me llevará al Mercado.
Pero mamá se negó, dijo que tenía que ir al colegio y que no podía ser.
Pues entonces me escaparía, mi cumpleaños es en febrero, faltaba poco y así no me reñirían. Cuando llegó el día, me desperté muy temprano. Hacía frío, cogí mi abrigo marrón con ribetes en negro, regalo de los abuelos, a mí me gustaba más el azul de mi prima con sus botones de terciopelo, pero mamá me dijo:
— Tú tienes más suerte, el tuyo te lo han regalado con todo su cariño tus abuelos.
Salí de casa con cuidado, el portón tenía una campana  y para que no la oyeran me subí poniendo el pie en el cerrojo y así la alcancé y le di la vuelta, dejándola muda. Llegué al mercado siguiendo a  una señora con un carro.
Con timidez entré  y vi  un gran patio en el centro, que aunque estaba cerrado, se podía ver el cielo. Los muros eran de ladrillo. Alrededor estaba la zona cubierta para los puestos,  unos detrás de otros, todos de azulejos blancos y de color crema, cada uno tenía su número. Encima de cada puesto había un soportal del que colgaban hileras de faroles grises. Sobre los mostradores estaban las diferentes mercancías. Me llegaban los olores y la algarabía. Era  maravilloso ¡más increíble de lo que contaba Carmen! ¡Esto era una gran aventura todavía mejor que las de los Payasos de la Tele!
De pronto oí piar ¿Serían pollitos? Miré para todos lados pero no veía nada. Seguí el sonido y por fin los vi en una cesta: ¡los había de todos los colores! tal y como había dicho Carmen. Me alegré de que no fuera una mentirosa.  Eran azules, rojos y verdes y eran de verdad. Los acaricié y me pareció que les gustaba. Hoy era mi cumpleaños, cuando volviese a casa, pediría uno como regalo. Miré para ver cual elegiría. Y habría que ponerle nombre. Pues como era del mismo pueblo que yo, se llamaría “Almendralejito”.
Un hombre con un delantal blanco, que salió de un mostrador de pollos, se me acercó:
            —Niña ¿te has perdido?
            —No, sé donde estoy—dije muy tranquila.
            —Pero ¿con quién has venido?
            —Mmmmm con Carmen—mentí.
            — ¿Y dónde está?
            —Creo que se ha perdido
            — ¿No serás tu la que se ha perdido? ─ dijo poniendo los brazos en jarras y mirándome desde lo alto con lo que me pareció mala cara.
            —No señor pollero—y salí corriendo al ver su nombre en la bata: Antonio.
Me escondí detrás de un puesto que estaba vacío y allí permanecí un rato. Enseguida se olvidarían de mí y podría seguir viendo los puestos, quería acercarme al de los pollitos, para asegurarme de que el mío seguía allí.
 Sentí una mano muy grande en mi hombro. ¡El pollero estaba detrás de mí! No me atreví a mirarle, hasta que oí una voz de hombre:
            — ¿Eres Marichu?
¡No era el pollero! Me di la vuelta y vi a un guardia civil muy alto con su tricornio negro.
            —Si, soy Marichu, pero no he robado nada ─ respondí asustada.
            —Pero te has escapado de casa ¿verdad?
            —No, solo he venido a ver el mercado, es mi regalo de cumpleaños, bueno, el primero, porque el segundo es un pollito.
            En ese momento vi  llegar a mamá y a Carmen, venían llorando y me abrazaron, eso al principio, luego mamá me riñó muchísimo. Gracias a Carmen me habían encontrado. Mamá me dijo que a pesar de ser mi cumpleaños iba a estar castigada todo el día. Salí del mercado de la mano de mamá, con el guardia civil al lado y todo el mundo mirándonos. El pollero me decía adiós con la mano sonriendo, no podía ser malo.
Mi regalo se había terminado Y Carmen, después de todo, si era un poquito mentirosa, pero ya sólo un poquito menos.





viernes, 22 de junio de 2012

Algunas críticas de mi novela "Un mediador inesperado" ¡Muchas gracias por vuestras opiniones!


 Entretenido y sugerente 27 de mayo de 2012
Formato:Versión Kindle|
He leído con placer la interesante novela de Sonia Montero, «Un mediador inesperado». La obra tiene todo el atractivo ritmo de excelente guión cinemátografico, el libro es muy visual y nos adentramos fácilmente en él, casi sin ningún esfuerzo; la lectura entra por nuestros ojos y nos vemos envueltos en la trama de forma involuntaria. Su principal personaje, Teresa, es una mujer que atrapa enseguida y nos hace cómplices de su singular aventura en el tiempo. El tema central de la novela son las dificultades en las relaciones matrimoniales y el argumento se desarrolla a través de unos cortos viajes en el tiempo de la protagonista principal a un año determinado del último cuarto del siglo XIX español. Los personajes están bastante bien delineados y el estilo literario es fluido y sólido. Permitidme que les recomiende este libro como de muy agradable lectura.

4.0 von 5 Sternen Más que un viaje en el tiempo13. Februar 2012
(Laurens, South Carolina) -
  
Rezension bezieht sich auf: Un mediador inesperado (Kindle Edition)
Por fin una novela que reúne lo fantástico, viajes en el tiempo, o mejor, repetidas visitas a una época pasada,con la calidad de una obra literaria amena y bien investigada. La historia es absolutamente actual, el pasado está tan bien descrito que parece igualmente actual. y en medio, la protagonista, con la cual pensamos y dilucidamos en todo momento. Una novelita muy recomendable, sí señor. Alguno, mientras pasa el rato cautivado, hasta podrá aprender de Historia.

Hola Sonia, soy Lely y quiero que conste aquí lo que me ha gustado el libro, como dice Encarna es muy entretenido y muy dinámico, ya te dije que me parecía muy cinematográfico en las descripciones. Me ha encantado. Bueno, pues a escribir más que me gusta mucho leer tus libros.
Un besazo.

lunes, 18 de junio de 2012

50 cuadros

Este relato está dedicado a mi querido padre, Luis.
Está incluido en el libro " Hasta anegar las torres" editado por la Escuela de Escritores.


50 CUADROS

                                                                                                                                                                                                      
                                                                                                          A papá

    Mis cuadros serán para ti.
Muchas veces se lo dije a mi hija. Ahora los tiene en el trastero,  en el sótano de su casa. Al principio no sabía que hacer con ellos. Eran  medio centenar, casi todos de formato pequeño y la mayor parte abstractos.
Algunos sábados por la mañana iba a verlos, desenvolvía el papel protector y los miraba largo rato, otras veces les hacía fotografías con su cámara digital y  luego las  metía en su ordenador y hacía ampliaciones. Parecía buscar detalles especiales. Comprendí que los escudriñaba intentando averiguar lo que me había gustado de ellos. No tenía que hacer muchos esfuerzos, pues sus gustos pictóricos se parecían a los míos.
Poco a poco los ha ido ubicando. En su salón tiene algunos; otros muy escogidos los ha regalado a varios de mis amigos.
Una vez  me preguntó cual era mi favorito, le dije que  el de los barcos y  lo ha colgado en su cuarto. Lo mira todas las noches antes de dormir, se recrea en los detalles, los tejados de las casas, las formas geométricas, los barcos pasando debajo del puente, los colores. Me gusta el gesto, es una forma de comunicarse conmigo.
Hace unos días volvió a bajar, estaba pensativa, me di cuenta de que tenía algo importante que hacer. Sacó unos cuantos al pasillo y los contempló. Vi como se subía las gafas por la nariz para verlos mejor, cómo se retiraba el pelo detrás de las orejas y  daba mordiscos a un bolígrafo verde con una calabaza en el extremo. Sonreí: era mío.
 La oí murmurar en voz baja:
— ¿Cuál le gustaría a Teresa?
Teresa era mi mejor amiga, mi confidente, mi reposo, la pintora de larga figura, pelo negro alborotado, ojos sabios y risa perpetuamente joven. La misma que un día me propuso subir en globo. No parecía una idea muy sensata. ¿Para qué quería ver el mundo desde el aire un señor como yo con los pies en la tierra? Mi parte fantasiosa, que siempre había vivido en mí  de forma tímida, decidió salir y monté en globo y viajé y comencé una aventura que me apasionó: una colección de pintura, de la mano de quién sabía y me aconsejaba: la chica del globo.
Tenía que ayudarla a elegir el cuadro. La luz del trastero se apagó durante unos segundos,  mi hija pegó un respingo y cuando la bombilla se volvió a encender,  el primer dibujo que vió fue un goache de lleno de pequeñas manchas de colores cálidos que conformaban un tapiz de diminutas luces brillantes. Alargó la mano para ver el autor, su apellido era igual al pueblo donde vivía Teresa. Levantó una ceja sorprendida y lo subió a su casa.
Lo colgó unos días para verlo y decidió que era una buena elección.
Envolvió el cuadro con cuidado en papel de burbujas, le puso la dirección y luego lo llevó a correos, iba contenta, con la esperanza de que a mi amiga le gustara.
Dos días más tarde, Teresa llamó a mi hija, le dijo que le había emocionado el envío.
      —Quería que tuvieras un recuerdo de Papá, por eso te lo regalo con cariño ¿Te gusta el  dibujo?
      —Más que eso, hay algo que no sabes. Tu padre y yo compramos juntos los cuadros, hacían pareja, le pregunté cuál quería y me dijo: “ el de tonos cálidos”, así que yo me quedé el de colores fríos. Y cada uno lo colgó en su casa. Y ahora… vuelve a estar la pareja junta.
Veo que mi hija se ha quedado perpleja. Se hizo un breve silencio. Teresa lo interrumpió:
      —Las cosas van encajando en su sitio…
Estoy contento, las dos están felices y se han dado cuenta de mi participación en el asunto. Saben que estoy cerca. Entre donde estoy yo, y donde están ellas, el amor circula con fuerza, viaja de un lugar al otro y a veces es posible sentirlo de manera clara. Sólo hay que amar intensamente y estar atento. Entonces lo captareis. Seguro.


Este relato está inspirado en dos cuadros, el primero: su favorito, del pintor y buen amigo Carlos Greus


Y el segundo: del pintor sevillano Jaime Burguillos (1930-2002)