miércoles, 25 de julio de 2012

Viajes en el tiempo

Para los que les guste la literatura de viajes en el tiempo, como sucede en mi novela, esta semana propongo tres lecturas veraniegas.

La primera gustará a los más jóvenes:
"Un yankee en la corte del Rey Arturo" de Mark Twain. Es una brillante novela satírica, en la que el autor se burla de los tiempos medievales, aunque termina cuestionando la superioridad de nuestro presente. Narra las aventuras de un joven norteamericano del siglo XIX que tras darse un golpe en la cabeza aparece en el siglo VI inglés, en los tiempos del Rey Arturo, allí utilizará su ingenio para librarse de un gran peligro que se cernía sobre él.



La segunda es: 
"La mujer del hombre que viajaba en el tiempo" de Audrey Niffenegger. Cuenta la historia de un bibliotecario que por una rara alteración genética es capaz de viajar en el tiempo de forma impredecible. Su mujer, Clare es testigo de los viajes desde su infancia y ambos mantienen una intensa historia de amor, con sus fustraciones, desencuentros, anhelos, pesadillas y también momentos románticos. La fusión de estos temas desasosiegan y cautivan por igual al lector, al menos a mi.


La tercera es de Michael Crichton:
"Rescate en el tiempo" en ella varios personajes se transportan a la Francia de 1357 donde se ven involucrados en la famosa batalla de la roque. Se trata de una historia amena, sin muchas pretensiones pero bien documentada y con unos personajes bien caracterizados. Al final hay una sorpresa romántica que me gustó mucho.


lunes, 23 de julio de 2012

La Princesa cuenta

Este relato lo escribí para el concurso "La princesa cuenta", organizado por el Hospital Universitario de la Princesa de Madrid para promover hábitos saludables y enmarcado dentro del proyecto de red de hospitales sin humo.  Fue editado en un libro con los relatos finalistas para la lectura de los pacientes de dicho hospital.



 EL HUMO INVERNAL

PARECÍA HUMO Y SIN EMBARGO... no lo era. Cuando el niño gritó: ¡mamá, mamá un señor echa humo! La joven mujer pensó que un hombre estaría fumando y puso mala cara, no le gustaba que lo hicieran cerca de los niños.
            ―¿Dónde está ese señor, Luisito?―preguntó a su hijo de cuatro años.
            ―Allí, mamá―y cogió su mano para llevarla hasta el hombre del humo.
            Al llegar al banco, encontraron sentado a un ser muy anciano que al verles  levantó la vista y a través de unos cansados ojos azules  les miró interrogante.
            ―Hijo, este señor no está fumando―musitó bajito la madre.
            ―¡Pero mamá, echaba humo!
            El señor les miró y sonrió, su rostro quedó convertido en un mapa de arrugas con dos diminutas estrellas chispeantes:
            ―¿Quieren que lo haga otra vez? Y antes de esperar su respuesta, exhaló el aliento varias veces, el frío del invierno hizo que pareciese en efecto humo.
            La madre sonrió aliviada y el niño empezó a aplaudir.
            ―¡Yo también quiero hacerlo! Y así viejo y niño hicieron el mismo gesto fundiéndose el aliento y formando una nube blanca.
            Después el niño tomo asiento junto al anciano y se dijeron sus nombres.
            ―El mío es Samuel.
            ―Y yo soy Luisito― luego se metió las manos en los bolsillos, sacó una bolsa de gominolas y se las ofreció a su nuevo amigo.
            ―No gracias, las chuches no son muy buenas para los pocos dientes que me quedan. Pero yo tomo otras chuches, si vienes mañana, te traeré.
            ―¿ Dónde vives?―preguntó el niño
            ―Muy cerca de aquí, en una casa muy grande con muchos amigos dónde nos cuidan  a todos.
            ―¡ Qué guay! Yo vivo con mis padres, pero también tengo un montón de amigos en el cole.
           ―Claro, es importante tener con quién jugar, hablar, pasear y también hacer lo posible por conservar esos lazos de cariño a través del tiempo.
            Después de observar toda la escena del comienzo de la amistad del niño, la madre le dijo que tenía que despedirse del anciano. Lo hizo a regañadientes, pero le prometió que volverían a verle al día siguiente. Los dos nuevos amigos se despidieron diciéndose adiós con la mano hasta que sus figuras se volvieron diminutas.

Cuando la nueva tarde llegó  al parque, Luisito vio a Samuel y echó a correr. Los dos se saludaron exhalando aire y haciendo una nube aún más grande que la del día anterior.
            ―¿Has traído las chuches?―preguntó ansioso el niño.
           ―Claro―contestó Samuel al tiempo que sacaba una bolsa llena de nueces, almendras y cacahuetes.
            ―Pero eso no son chuches, todas tienen color caca―dijo decepcionado Luisito.
            ―Claro que lo son, no tienen colorines pero son muy saludables y están igual de sabrosas que las otras. Pruébalas.
            Así lo hizo, tenían un sabor muy diferente, saladas, pero le gustaron, no sabía que estuvieran tan ricas.
            ―¿Tu tienes muchos años verdad?―preguntó Luisito.
            ―¿Por qué lo dices?
            ―Porque tu cara está todavía más arrugada que la de mis abuelos.
            La madre que lo había oído todo exclamó:
            ―¡Luisito no seas impertinente! ¡Eso no se dice!
            ―No se preocupe, seguro que es verdad que tengo más años que sus abuelos, ya son más de noventa.
            ―¡Hala! Todavía no he aprendido a contar tanto ¡debe ser muchísimo!
            Samuel rió de buena gana.
            ―¿Por qué te ríes tanto?―preguntó curioso el niño.
            ―¿Sabes qué dijo un señor muy sabio? Que la risa era capaz de curar o al menos atenuar nuestros males y además no hay ningún peligro si se supera la dosis. Así, que es una medicina que procuro tomar todos los días.
            ―¿Y por eso tienes tantos años?
            Samuel soltó otra carcajada.
            ―Reír me ha ayudado, también la vida sana, he leído mucho para aprender y entretenerme, he practicado deporte, ahora doy paseos, he comido siempre de manera equilibrada con muchas verduras y frutas...
            El niño levantó una mano enseñando cinco dedos y exclamó:
            ―¡Eso me lo sé: cinco verduras y frutas al día!
            ―Jovencito, llegarás lejos, efectivamente ese es uno de mis secretos y también naturalmente, que llegar a viejo ha sido el deseo del Creador.
            ―¡Pero tu le has ayudado!―gritó el niño.
            El viejo volvió a reír dando golpecitos de aprobación en la espalda de su amigo.

Los años pasaron, primero lentamente, luego más rápido y finalmente a toda velocidad, alcanzando así el final del siglo XXI.
Una pelota llegó rodando a los pies de un viejo que estaba sentado en un banco, bajo un árbol al abrigo de los rayos de un soleado día de primavera.
            ―Aquí tienes, chaval―dijo el señor devolviendo la pelota a un niño de unos cinco años.
            La memoria le llevó a un lugar muy lejano, a un recuerdo perdido en los comienzos del siglo, cuándo siendo él un niño similar al del balón, había conocido a un amigo anciano, lo mismo en que se había convertido él ahora  mismo. Ahora ya no era Luisito, era Don Luis. Recordó frías tardes de nubes y cálidas charlas y risas. Se dio cuenta de que había seguido los consejos que Samuel le había dado.
El mundo había cambiado mucho, la energía solar hacía tiempo que calentaba las casas y hacía funcionar los coches; en las calles había postes con mandos que al apretarlos aparecían hologramas con las noticias del día en todo el mundo y en diferentes idiomas; los móviles tenían todos video llamada y programadores para los robots que hacían las tareas de la casa. Su propio bastón era inteligente, tenía un GPS incorporado y en caso de que se perdiera por la ciudad, le indicaba por voz el camino a seguir. Los juguetes que veía en el parque eran muy sofisticados, los patines tenían un minúsculo motor que los hacía poder volar a una baja altura; pequeños robots hacían de porteros para jugar al fútbol. Pero todo esto no había impedido que desaparecieran las pelotas como la que se había posado ante él.
Y por supuesto los consejos de su amigo habían sobrevivido al tiempo, porque los referentes a la amistad, al buen humor y a los buenos hábitos son inmortales. Pero también había que propagarlos. Sacó de su bolsillo un silbato, se lo acercó a los labios dio una orden  y ésta se convirtió en el sonido de las notas de la canción de moda infantil. Los niños que estaban jugando, al oírla pararon y dirigieron su mirada al viejo que a lo lejos les gritaba:
            ―¿Queréis chuches?―las miró en la bolsa y sonrió. Por supuesto eran marrones. 

domingo, 15 de julio de 2012

Paseando con un poeta

Este es el sugerente título del libro que recomiendo esta semana.
Su autor es Ignacio Pérez Blanquer (Puerto de Santa María, 1950) Es doctor en Ciencias económicas y empresariales, licenciado en Físicas, ha sido profesor en la Universidad de Cádiz y es Académico de número de la Academia de Bellas Artes Santa Cecilia.
El libro se puede adquirir en:
http://www.lulu.com/shop/ignacio-p%C3%A9rez-blanquer/paseando-con-un-poeta/paperback/product-20213791.html




Portada del libro. Foto del autor




El libro es una recopilación de artículos escritos por el autor en el blog de la Academia de Bellas Artes de Santa Cecilia. http://bellasartessantaceciliablogspot.com

En el nos invita a pasear con una serie de reconocidos poetas. Ignacio nos pide en su prólogo que veamos una intención didáctica, cosa que efectivamente consigue. Todos conocemos a estos poetas, pero  muchos se nos han quedado en nuestros años escolares y recordamos sus poemas como en una lejana bruma. El autor los pone en primera linea, con algunos queda en una cafetería, es el caso de Gloria fuertes, con otros se ha citado en una calle de Cádiz como con Carolina Coronado, que llega en calesa, otros no aparecieron:  José Cadalso le dio plantón. Con Pedro Salinas tuvo un encuentro casual y hay sorpresas, al mismísimo Lópe de Vega se lo pusieron delante. Con Bécquer el encuentro fue en forma de locución.

Esta manera de irnos presentando a los distintos compañeros de paseos es enormemente dinámica. Pérez Blanquer va intercalando sus impresiones sobre ellos, con pinceladas de sus vidas y mostrándonos retazos de sus obras. Todo ello hace que el lector se sienta el tercer caminante que sigiloso va tras ellos intentando escuchar lo que dicen sin poder dejar de sentirse cautivado con cada historia y con ganas de saber más o recordar sobre estos poetas y sus obras.

Al autor como a los poetas les une una pasión: el tiempo. En este soneto de Cadalso, que tiene como tema la eternidad del sentimiento amoroso vemos un bello ejemplo:

Todo lo muda el tiempo, Filis mía,
todo cede al rigor de sus guadañas:
ya transforma los valles en montañas,
ya pone un campo donde un mar había.

El muda en noche opaca el claro día, 
en fábulas pueriles las hazañas,
alcázares soberbios las cabañas,
y el juvenil ardor en vejez fría.

Doma el tiempo al caballo desbocado,
detiene al mar y viento enfurecido,
postra al león y rinde al bravo toro.

Solo una cosa al tiempo denodado
ni cederá, ni cede, ni ha cedido, 
y es el constante amor con que te adoro.







Disfrutando de la lectura en el Retiro

Los beneficios del libro serán dedicados a la restauración y conservación de las obras del patrimonio pictórico portuense que se encuentran en la Iglesia Mayor Prioral

Iglesia Mayor Prioral. Puerto de Santa María.


lunes, 9 de julio de 2012

Escenarios de la novela


La novela "Un mediador inesperado" está ambientada casi en su totalidad en Madrid. Estos son algunos de los escenarios reales por los que pasean los personajes de ficción.


Café "El Príncipe"


Real Jardín Botánico. Estatua de Linneo y estanque


Parque del Retiro. Fuente de las Campanillas


Terraza del hotel Urban



Hotel Urban




















Restaurante Lágrimas Negras. Hotel puerta de América

Las Cortes




sábado, 7 de julio de 2012

El bañador. Relato

Este relato tiene como inspiración las magníficas playas de Benicassim y algunos éxitos musicales de finales de los 70. También está publicado por La Escuela de escritores en su volumen: "El sueño del gato"




Benicassim. Imagen de la web:  http://www.jaimeperezolague.com 



EL BAÑADOR

  
Tumbada en la arena, mi cabeza tarareaba la canción de los Pecos: “ háblame de ti”, cuando noté sobre el cuerpo repentinos picotazos de  partículas de arena.
            —¡Ay!—dije incorporándome. Levanté una mano hacia  la frente a modo de visera para ver quién había sido. Lo primero que vi fue un bañador con fondo rojo y estampado con timones azules. Alcé la vista. Un chico, poco mayor que yo, de piel dorada y con el rostro repleto de pecas, me sonreía.
—¡Perdón!— exclamó. Y se  quedó mirándome unos segundos antes de desaparecer del mismo modo que había llegado, a todo correr y dejando tras de sí una estela de arena.
            Mi madre, que había contemplado la escena sentada en una silla playera cerca de mi toalla, se giró y con mirada pícara  dijo:
            —Le has conquistado.
            No entendí muy bien qué había querido decir, pero supe en ese instante que estaba enamorada. Me sentí como en una montaña rusa y volví a tumbarme; los Pecos continuaron tarareando, “háblame de ti”, ahora con más fuerza.


            Aquella tarde vino a buscarme la vecina del piso de abajo del bloque de apartamentos dónde pasábamos el mes de agosto. Su madre y la mía tenían amistad. Nosotras  habíamos llegado dos días antes, y yo todavía no tenía amigos. Mi progenitora había sugerido que podíamos conocernos.
Abrí la puerta. Susana con cara de fastidio me saludó:
            — ¿Eres Clara?
            —Sí— contesté mirándola. Parecía mucho mayor que yo, aunque sólo tenía catorce años, uno más  que yo. Su desenvoltura me dejó fascinada.
— ¿Qué miras?  Vámonos,  llegamos tarde.
Al llegar al portal se contempló en el espejo que allí había.  Sacó una barra de labios rosa y se pintó.  Me lo ofreció, y yo con mirada tímida negué con la cabeza.
            — ¿ Es que nunca te has pintado?
            —Ehh... una vez, en las fiestas del pueblo... usé un poco de colorete.
Me miró moviendo la cabeza de un lado a otro, después se subió un poco la falda y dijo:
            —Pues entonces ya estamos listas.
Fuimos  a un antro ruidoso, oscuro y con la música demasiado alta. Un grupo de ocho o diez chicos y chicas sentados en una gran mesa redonda la saludaron.
            —Esta es Clara, me la ha endosado mi madre.
Miré para abajo avergonzada  y me senté en el único sitio libre.
Al rato vino un camarero para tomar nota de  las bebidas, yo pedí un trinaranjus.
Uno de los chicos mayores dijo:
—Voy a poner un duro en la mesa y la voy a hacer girar, delante de quién se pare la moneda, ese tendrá que pagar a los demás.
Se oyeron protestas, pero el chico guiñó un ojo y con fuerza hizo rodar la mesa.
Mi corazón latía apresuradamente, en el bolsillo sólo llevaba las quince pesetas que  había pedido a mi madre. Si me tocaba ¿qué diría? No tenía suficiente dinero para invitarles a todos.
Miré como la mesa rodaba y rodaba en lo que me parecieron infinitos minutos aunque sólo fueron unos pocos segundos. Lentamente el redondel iba acabando su recorrido hasta que finalmente señaló un elegido.
Delante de mí tenía un duro brillante. Noté como el calor ascendía por mi cara, mientras todos reían con grandes carcajadas. Levanté la mirada de la moneda y ésta tropezó con la del poseedor del bañador de mis sueños. Sonreía amistosamente  y  con la mano hizo un gesto que indicaba que era todo una broma. Una voz dijo:        
— ¡Tía, no te lo habrás creído!
            Respiré aliviada y me eché a reír.
            —Vámonos al guateque—dijo Susana.
             Nos marchamos todos a los bajos del edificio de apartamentos de uno de ellos. El mobiliario de la improvisada discoteca consistía en un sofá viejo de cuero rojo, una mesa con refrescos y un tocadiscos. La música empezó a sonar, era una canción de Camilo Sesto: “La culpa fue mía”.
            Sentada en una esquina del sofá miré cómo se formaban varias parejas que, entre risas, empezaron a bailar agarrados.
            Al cabo de un rato, el pecoso del bañador de timones se  acercó y sin mediar palabra cogió mi mano,  me levantó del sofá, y fuimos al centro de la sala. Yo puse mis brazos en paralelo tocando con las  manos sus hombros, mientras que él cogió las suyas y las puso sobre mi cintura, aunque casi sin rozarla, provocándome  un respingo tembloroso. Dimos vueltas y vueltas mientras nos mirábamos con sonrisas lánguidas y yo pensaba que era la tarde más gloriosa de mi vida.
            Casi treinta años después, un portazo me devolvió a la realidad. Había pasado el día recordando un verano de golpes de arena, olas espumosas, algodón dulce y besos furtivos.
            Miré a mi marido, que se deshacía el nudo de la corbata y me saludaba con un movimiento de cabeza.
— ¿Qué tenemos de cena?
—Santiago ¿Te acuerdas de tu bañador rojo de timones?
    ¿Qué dices? ¡Nunca me ha gustado ir de marinero!
    Ese es el problema.
    Y te he preguntado por la cena.
—Ya va, ya va.