viernes, 17 de agosto de 2012

LABERINTO DE ESPEJOS

Este relato fue escrito para el Hospital de la Princesa, dentro del tema hábitos saludables.
Hace referencia a la anorexia y aprovecho para homenajear a Lewis Carrol y su maravillosa Alicia que me motivó a buscar dentro de mi imaginación.

Autorretrato de Lewis Carroll


LABERINTO DE ESPEJOS


¿Era pronto para todo y tarde para cambiar? He vuelto a escucharla, era una canción de amor, también yo tenía dieciocho años entonces, pero no estaba enamorada, pensaba que me gustaría estarlo, pero no de un chico, al menos no entonces, si duraba poco, luego vendrían las añoranzas, recuerdos como en la balada o quizá reproches y malos rollos. De quién quería estar enamorada era de la vida ¿Pero eso cómo se hacía? Permanecía horas en mi cuarto escuchando música. Cerca, estaba la bandeja de la comida rechazada por enésima vez. Lo intentaba, de veras que lo intentaba, pero  cuando abría el armario con la esperanza de ver algo distinto, en el espejo aparecían las dos inmensas cartucheras  y mi cara  redonda como una luna llena ¿Dónde iba a ir con esa pinta y quién me iba  a querer? Ese pensamiento era recurrente, casi el único. La imagen que yo veía de mi cuerpo y mis pensamientos eran  una cárcel, pero una jaula no cerrada del todo, tenía un sumidero por donde desparecían mis kilos y mi autoestima.
Un día que sonaba esta canción, entró la abuela en mi cuarto, hacía tiempo que no la veía y me fastidió, seguro que venía a contarme una película por orden de mis padres.
Imaginé el título: “come, come, come, que te vas a quedar como un hilo”.
Me saludó y se sentó en la silla de mimbre después de tirar hacia un lado la montaña de ropa que había, sin hacer el menor comentario. Suspiré de alivio, no me hizo ningún reproche respecto al orden. En silencio escuchó la canción y cuando terminó, me miró con sus ojos pequeñitos y me dijo: para tí todavía es pronto, muy pronto y con mucho tiempo para cambiar. Incluso yo, que tengo más setenta años, sigo pensando que nunca es tarde para modificar hábitos no muy saludables. Hasta el último instante de nuestra vida tenemos tiempo para decidir que va a ser de nosotros. Y no tienes que estar sola para hacerlo. Crees que no te entendemos, y es cierto, no te entiendo, pero hay profesionales que sí, ellos te enseñarán cómo funciona tu cuerpo para que lo valores como merece, cómo perdonarte a ti misma cuando cometas lo que a ti te parecen fallos imperdonables, te enseñaran a pensar en positivo y muchas cosas más. Para todo esto tendrás que dejar de fiarte de los espejos en los que crees ver tu único yo, no será fácil, el cristal te engañará una y otra vez, pero tu debes tener fe en tu interior no en tu exterior.
 Dicho esto, se levantó, dejó sobre mi mesilla un paquete envuelto en papel rojo, me dio un beso y allí me dejó.
 ¡Bah! Una retahíla de consejos, puede que no estuvieran mal pero ¿Creía que a mi edad la iba a escuchar?  ¡Tenía dieciocho años no diez! Pero para eso la abuela tenía muchos más, y podía imaginar mi reacción.
Ese fue el pistoletazo de salida, hace más de tres años. Una anciana, una canción y un paquete rojo.
Abrí el regalo, era un libro: “Alicia a través del espejo” de Lewis Carroll. Lo miré sorprendida, recordaba haberlo leído en mi infancia. ¿Pero qué tenía que ver conmigo ahora?
Con curiosidad empecé a ojearlo y lo hice poco a poco. Inicié un camino nuevo con él. La abuela para ayudarme me había subrayado algunas frases:

Juguemos a que existe alguna una manera de atravesar el espejo”.

Esto le decía Alicia en el primer capítulo a su gatito; tenía curiosidad de ver la casa del espejo, veía el reflejo de su salón pero incompleto y pensaba que detrás de lo que no se distinguía había cosas bellas.
Bien, esto me pareció fácil de entender. Se trataba de encontrar el camino hacia el espejo correcto. En el principio de mi larga autopista,  los encontré convexos, cóncavos, distorsionados, irreales, feos, recorrí kilómetros  con una visibilidad perfecta y  rectas interminables, que poca ayuda me daban, pero lentamente comenzaron a tener señales con flechas que indicaban curvas y con ello más posibilidades de elegir.

A Alicia no le gustaba confesar, y ni siquiera tener que reconocer ella sola, que no podía encontrarle ni pies ni cabeza al poema”. 

 Alicia acababa de leer un poema, que le pareció bonito, pero difícil de comprender.
 Reflexioné sobre esto y era verdad, pensaba que todo el mundo veía lo mismo que yo en el espejo, y no quería mostrar que podía no tener razón. Sólo cuando pedí consejo descubrí más miradas. En esta segunda parte sentir la compañía me hizo más llevadero el recorrido.

 “¡Que sí soy real! insistió Alicia y empezó a llorar”.

El personaje de Tweedledum, el gordito gemelo, le dice que no es más que un objeto de su propio sueño, que ella no es real.
 Y es que a veces en mi caminar tropezaba y eso creía yo, que era real en todos los espejos.  Esperaba con ansiedad encontrar alguno que fuera especial y ninguno me gustaba. Pero a estas alturas, la maleta de mi viaje no la llevaba sola, mi familia, los doctores y mis amigas venían conmigo y me animaban a seguir buscándome.

"¡Vengan a mi las criaturas del espejo, sean ellas las que fueren"!

Una voz cantaba con estridencia una canción cuando Alicia ya era reina.
Esta parte, casi al final, resultó difícil, pero cuando fui capaz de enfrentarme a los fantasmas que poblaban aquel universo, comenzó una nueva vida para mí, en el que pude reinar en mi propio cuerpo.
El cuento de Alicia termina preguntándose quién habrá soñado todo lo que en él se narraba. Pero yo no había soñado nada. Esta era la vida real y perseveré. En algún lugar tenía que estar mi retrato auténtico. Cuando lo encontré, no hallé a alguien perfecto. La imagen me mostró a mis misma, con defectos y virtudes, pero saludable y sobre todo ese ser era yo, y aprendí a aceptarlo y quererlo.
Eso sí, gracias, abuela y gracias, Alicia.