lunes, 7 de noviembre de 2016

LOS PRIMEROS PASOS DE UNA LECTORA

Hay mucha gente que recuerda con precisión su primer beso. Yo no. Se me han quedado en la memoria otros. Uno, dado a la luz de la luna, blanca ella y blanco el lugar; el último que di a mi padre; y el primero a las cabecitas de mis mini Monteritos.

Pero con los libros es distinto. Recuerdo con pasión y exactitud con el que aprendí a leer: era  el "Senda" de Santillana, y mis primeros amigos literarios se llamaban Toni, Moncho y Mina. Me los presentó mi profesor de Almendralejo: Don Félix. Debo tardes inolvidables a mi primer maestro, que con paciencia plantó en mí una semilla para toda la vida.

Senda de la editorial Santillana para primeros lectores. Apareció en 1971


Después llegaron cuentos, que me provocaron toda clase de sensaciones: ¡Qué pena sentí por "La niña de los fósforos" de Hans Christian Andersen!.  ¡Qué aventuras alegres viví con la "Vuelta al mundo en ochenta días" de Julio Verne!.

Luego en la década de mis diez años, mi mundo literario fue invadido por Enid Blyton y sus inolvidables "Cinco" y sus "Torres de Malory," que mis amigas del Santo Ángel me regalaban en mis cumpleaños.

En la siguiente década, ya en la adolescencia, el mejor regalo fue la biblioteca de mis padres, también en Almendralejo. Como en una almoneda convivían enredados libros de mi abuela, de mis padres y en las alturas tomos de química de mi bisabuelo, que confieso fueron los únicos que no toqué. Tenían las tapas negras, eran muy gruesos y estaba muy alto... Los demás, pasaron casi todos por mis manos, de forma que ya he contado en otras ocasiones. Según me sedujera el título: "Sonata de invierno" me parecía   evocador. Así conocí a al Marqués de Bradomín. Don Ramón María todavía tardé un tiempo en saber quien era. 
A mi abuela le gustaba Agatha Christie y disfrutábamos con sus misterios. Al final de su vida, seguíamos leyendo los mismos libros  El último: "La Abadía de Northanger". No es la mejor obra de Jane Austen. Pero tiene un sitio en mi corazón por ser el último que ella leyó.
Mi gran descubrimiento, en el estante tercero fue un título que me atrajo poderosamente: " La piedad peligrosa" y ya para siempre admiré a Stefan Zweig.
El primer libro con algo de erotismo corrió a cargo de Alberto Moravia, puedo aún ver en mi cabeza aquella silueta de una mujer desnuda reflejada en el agua a la luz de luna. Ese libro vivió varios días debajo de mi cama hasta su vuelta a la biblioteca, con el vivo temor de cargármela si lo descubrían.

Después, mi afán era que las lecturas me durasen muchos días y acabé, casi sin poder sostenerlo, teniendo en mis manos "Desde la terraza" del norteamericano John O'Haara. Su personaje de Natalie me fascinó y he tomado prestado ese nombre en la próxima novela que voy a publicar: "LUGARIA." No es el de la protagonista femenina, no soy tan copiona, pero hay una inspiración...
Otro libro que me dio muchas alegrías por su grosor y por ser prácticamente interminable fue... el diccionario. En el mismo sofá verde, que servía de isla desierta, como para jugar a no pisar el suelo, pasé horas abriéndolo al azar y descubriendo palabras que inocentemente incluía en conversaciones, pensando  que eran de uso corriente y dejando a mis padres convencidos de que tenían una repipi bajo su techo.
El tiempo pasó y la formación académica terminó ordenando el caos de mis primeras lecturas, poniendo en su sitio y épocas, autores y obras. Pero los sentimientos que me regalaron permanecen y aún  viven en mi.

Dicen que leer alarga la vida. Pues no lo sé.  Pero que vives muchas vidas, y que tu mundo interior se ensancha es cierto. Y  decía Thomas de kempis: " He buscado el sosiego en todas partes, y sólo lo he encontrado sentado en un rincón apartado, con un libro en las manos".Y éso, si lo he experimentado totalmente. En aquel lejano pasado, y ahora en el presente.