domingo, 23 de abril de 2017

MOMENTO ESTELAR: ENTREVISTA A STEFAN ZWEIG


Zweig murió en Persépolis el 22 de febrero de 1942 y yo nací unos veinticinco años más tarde. El espacio- tiempo no existe, las leyes de la física son temporalmente reversibles, lo que significa que los mismos efectos ocurren, no obstante, si el tiempo corre hacia adelante o hacia atrás. Así que según esto... Zweig y yo nos hemos encontrado en algún lugar del tiempo, y le he entrevistado.

Mi escritor favorito tiene el pelo aún oscuro, peinado por una pulcra raya, los ojos grandes y oscuros. Su mirada es penetrante y melancólica. Me observa a través de unas lentes livianas y redondas. El bigotillo me recuerda al de Hitler. Viste de forma muy correcta, con traje oscuro y la corbata bien anudada.

Si le parece señor Zweig empezaremos por el final. Usted se suicidó en 1942 junto a su mujer Lotte en Brasil, convencido de que los nazis dominarían el mundo.  Setenta y cinco años después ¿Cómo ve su muerte?

-Mis valores sociales se rompieron y me sentía desorientado; hoy sé que mi muerte se podría- con estos rasgos- definir como un suicidio anómico. Yo era ciclotímico, padecí un fuerte episodio de depresión profunda. Ich habe meine schwarze leber (tengo el hígado negro), a la que debo añadir el consumo de numerosos hipnóticos para combatir el insomnio.  Mi mujer, además, padecía una enfermedad incurable, es decir que hubiera muerto no mucho más tarde, dejándome sólo. Europa, mi hogar espiritual, estaba destruido, por tanto en  esas variadas y trágicas circunstancias mi desolación e impaciencia me hicieron marchar antes de tiempo.

Usted conoció España, mi país y su literatura. Deme una pincelada.

- Sí, viajé a Sevilla siendo joven. Las personas me parecieron de sangre muy viva, mi primera impresión fue la de estar en un lugar familiar, es una ciudad gemela con Salzburgo, ambas tienen una energía poética, que hace que lo provinciano se convierta en algo placido y seductor. Después  del ascetismo del norte y la pesada sombra de El Escorial, Andalucía me fascinó. En literatura lo hizo  "La malquerida" de Jacinto Benavente, me encantó su intensidad dramática.

Nació bajo el imperio austrohúngaro, en una de sus etapas más brillantes, bajo el reinado de los emperadores Francisco José y Sissi, que sin embargo marchaban   a ritmo de un fatal vals que acabó en la Primera Guerra Mundial. ¿Qué podría contarnos de su infancia, de esa Viena brillante y de la imperial pareja?

- Nací en en un imperio grande y poderoso, en una familia a la que no faltó comodidades, mi padre era un rico fabricante textil  y mi madre pertenecía a una familia de banqueros. Conocí  a los grandes intelectuales de la época y mantuve conocimiento o amistad con Freud, Rodin, Rilke,  Thomas Mann, Einstein etc y especialmente con Roth. Antes de la descomposición del imperio surgieron numerosos pensadores, escritores, historiadores, cineastas etc. de todos los rincones, pues debemos incluir territorios, además de Hungria; Bohemía, Galitzia o Rumania, que hicieron que fuese un fantástico y rico puzzle multilinguistico y multiétnico. Muchas veces nos reuníamos para charlar y discutir en el Café Central de Viena. Fue inconmensurable el papel de la burguesía  con su contribución y protección de la cultura.
Respecto a los emperadores, Sissi fue asesinada cuando yo era un adolescente de 17 años y en sus últimos años no era posible verla, pues en sus paseos siempre ocultaba su famoso y bello  rostro con velos o un abanico. Puedo entender su estado anímico especialmente después de la trágica muerte de su único hijo varón y heredero, el archiduque Rodolfo. Algún día la historia contará el suicidio del joven príncipe y su amante tal y como fue.

Su literatura es muy extensa, novelista, poeta, ensayista, articulista etc. Sería muy prolijo detenernos en una obra u obras, pero le pediría que me dijera algo personal de su escritura.

-Hay un rasgo característico en mi manera de pensar y por tanto de escribir. Mis personajes son los vencidos, nunca tomo partido a favor del "héroe". Es una extraña atracción. Yo mismo fui uno de ellos. Sin conocer las técnicas psicoanalíticas, mi amigo Freud decía que las utilizaba literariamente de forma perfecta. En las narraciones cortas, me atrae aquel que sucumbe al destino.

Y por último no sé si tiene usted sentido del humor. Descúbramelo.

- Lease  "El comediante transformado", en el hago gala de auténtico sentido del humor. Pero entiéndame, cuando escribía piezas teatrales, sucedía la fatalidad de que el director o actores caían enfermos o morían repentinamente, así que me retraí por miedo de atraer la desgracia. Usted ¿No hubiera hecho lo mismo?.

Gracias Stefan Zweig por proporcionarme brillantes ratos de lectura, que comenzaron en aquella biblioteca de Almendralejo con "La piedad peligrosa" y que yo diría que empezó una atracción sin ningún peligro, que hoy continúa...



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